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El Presidente Donald J Trump y la Estadidad para Puerto Rico
El Presidente Donald J Trump y la Estadidad para Puerto Rico
Trump tiene razón: La estadidad de Puerto Rico no es el momento ni la prioridadEl estatus político de Puerto Rico ha sido, durante décadas, un balón político que los líderes de ambos partidos inflan o desinflan según les conviene. Mientras unos ven en la estadidad la culminación de la igualdad ciudadana, otros la utilizan para movilizar bases emocionales. Hoy, con alrededor de 3.2 millones de puertorriqueños en la isla y más de 6 millones en la nación continental, el tema trasciende nuestras fronteras y se convierte en un factor electoral significativo en Estados Unidos.Analicemos con frialdad el timeline de las expresiones del presidente Donald J. Trump sobre la estadidad:En 2016, durante su primera campaña, Trump emitió una declaración respetuosa y neutral: reconoció a los 3.7 millones de ciudadanos estadounidenses en Puerto Rico y defendió su derecho a la autodeterminación mediante un proceso constitucional claro, incluyendo la posibilidad de la estadidad si ese era el deseo mayoritario del pueblo.Durante su primer mandato (2017-2021), endureció su postura. En 2018, ante la crítica constante de figuras como la entonces alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, declaró un “no rotundo” (absolute no) a la estadidad mientras ese tipo de liderazgo estuviera en el poder.En su segundo mandato (2025-2026), Trump ha sido explícito y consistente en su oposición. Ha calificado la admisión de Puerto Rico y Washington D.C. como “un desastre” que entregaría cuatro nuevos senadores (dos por cada territorio) y más votos demócratas en el Colegio Electoral. En abril y mayo de 2026, desde el Oval Office y Truth Social, ha repetido que los demócratas buscan usar estos territorios para controlar el Congreso y la Corte Suprema por décadas, llegando a llamar a sus impulsores “Country Destroying Sleazebags” (sinvergüenzas destructores del país).¿Tiene razón Trump? En mi opinión, sí.Un político con dos dedos de frente no puede ignorar la realidad puertorriqueña actual. La corrupción rampante ha sido un problema estructural que afecta a todos los partidos principales. Más grave aún es la falta de equilibrio ideológico real. El Partido Popular Democrático y sectores del independentismo conviven con un Partido Nuevo Progresista que, aunque promueve la estadidad, no logra proyectar una visión coherente conservadora o republicana sólida. Las elecciones simbólicas presidenciales lo demuestran con crudeza: en 2024, Kamala Harris arrasó con alrededor del 72-73% frente al 26% de Trump.Eso no es un accidente. Es un reflejo cultural y político de una isla donde el clientelismo, la dependencia de fondos federales y las narrativas de izquierda han calado profundamente. Admitir a Puerto Rico como estado en estas condiciones equivaldría a importar al Senado y al Colegio Electoral un bloque predeciblemente demócrata, sin que exista evidencia seria de que la cultura política local haya madurado hacia el balance y la responsabilidad fiscal que exige un estado de la Unión.Muchos estadistas honestos se rasgan las vestiduras ante estas declaraciones. Las ronchas les salen porque confrontan su idealismo con la fría aritmética política. Pero Trump no está hablando de sentimientos ni de “derechos históricos”; está hablando de supervivencia del equilibrio de poder en una república polarizada. Washington D.C., otro bastión demócrata abrumador, sigue la misma lógica.ConclusiónLa estadidad no es un derecho automático, sino una decisión soberana del Congreso que debe considerar el interés nacional de Estados Unidos, no solo el deseo legítimo de un sector puertorriqueño. Mientras la isla no demuestre una transformación real en gobernanza, reducción drástica de la corrupción y un electorado menos monolíticamente inclinado a una sola dirección ideológica, la prudencia aconseja esperar.Trump no está destruyendo sueños; está protegiendo la estabilidad de un sistema que ya de por sí enfrenta tensiones extremas. Puerto Rico merece respeto y soluciones serias a sus problemas diarios —economía, seguridad, migración— antes de aspirar a convertirse en el estado número 51. La emoción no puede sustituir al realismo político. Y en este caso, el realismo lleva el apellido Trump.
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Sat, 23 May 2026 23:59:00 GMT

“EL REPUBLICANISMO EN PUERTO RICO NO TIENE DUEÑOS”
“EL REPUBLICANISMO EN PUERTO RICO NO TIENE DUEÑOS”
El problema más grande que enfrenta hoy el movimiento conservador y republicano en Puerto Rico no es la izquierda radical ni el independentismo tradicional. El verdadero problema es el intento desesperado de ciertos grupos de querer controlar quién puede hablar, quién puede opinar y quién representa el republicanismo boricua. Y ahí es donde figuras cercanas al grupo de Thomas Rivera Schatz, guiados políticamente por Carlos Mercader, han cometido un error monumental.Mientras pretenden venderse como los guardianes del conservadurismo americano en Puerto Rico, terminan organizando eventos que invitan precisamente a figuras vinculadas naturalmente al independentismo y al discurso antiamericano. Esa contradicción no solamente fue evidente, sino que quedó expuesta en un evento que no logró llenar expectativas, que careció del impacto nacional prometido y que terminó convirtiéndose más en un espectáculo de egos y guerras internas que en una verdadera celebración de los valores republicanos y conservadores.Y mientras ese fracaso intentaba maquillarse mediáticamente, comenzó la guerra política contra el Partido Republicano de Puerto Rico y contra figuras como Zoraida Fonalledas, utilizando presión política, ataques coordinados, manipulación narrativa y todos los actores posibles para intentar desacreditar a quienes no se alinean con el control absoluto de ciertos sectores. Porque aquí el problema no es ideológico. El problema es el control.Carlos Mercader , si aquel que apoyó y formó parte del gabinete de Ricardo Roselló, gobernador, que tuvo que salir huyendo y que quedó ante el mundo muy mal parado, el que apoyó leyes y políticas de la agenda 2030 y que cayó ante la política woke quien constantemente se presenta como analista político, decidió incluso entrar al ruedo político de Florida atacando a los puertorriqueños republicanos allá, diciendo que “se creen más que el mojón que caga el águila”. Una expresión vulgar y ofensiva que demuestra el nivel de desprecio hacia miles de puertorriqueños que sí tienen algo que en Puerto Rico todavía no existe: voz y voto presidencial.Porque esos puertorriqueños republicanos en Florida votan por el presidente de los Estados Unidos. Votan por senadores. Votan por congresistas. Deciden elecciones nacionales. Mientras tanto, muchos de los sectores que Mercader pretende representar en Puerto Rico viven atrapados en un territorio sin representación plena, sin voto presidencial y dependiendo políticamente de las decisiones federales que otros toman.La ironía es brutal. Se critica a quienes participan activamente del sistema americano mientras se pretende controlar el discurso republicano desde una posición donde ni siquiera existe poder electoral federal real.El republicanismo puertorriqueño no pertenece a un grupo, a un apellido ni a una maquinaria política. Pertenece a las ideas, al debate libre y a quienes verdaderamente creen en los valores de Estados Unidos y la democracia representativa.
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Thu, 21 May 2026 22:02:00 GMT